Césped

Para evitar encontrarse con alguna sorpresa a medio plazo, es imprescindible que plantee de forma global los requerimientos, características y uso que dará a la futura pradera. No es lo mismo el césped destinado a juegos y deportes, que el empleado con fines decorativos.
Como punto de partida, lo más importante a tener en cuenta es el clima de la zona, el tipo de jardín y las características de su suelo. Estos tres puntos se encuentran estrechamente unidos, y no deberían ser tratados de forma independiente. Tiene la posibilidad de ajustar el tipo de césped a las condiciones de su jardín, o también es factible, mediante un esfuerzo añadido, modificarlas de acuerdo con sus necesidades.
Por ejemplo, en lugares muy calurosos, es conveniente plantar árboles que proporcionen buena sombra al césped, sobre suelos rocosos existe la posibilidad de añadir una buena capa de tierra para sembrar la pradera, o si el terreno es arenoso y quiere poner césped fresco y ornamental, puede añadirle arcilla y mantillo en buenas cantidades para conseguir el suelo fértil.
La mayoría de las especies de césped que normalmente son empleadas en jardinería, proceden de países con clima Atlántico, lo que implica inviernos suaves, veranos poco calurosos, y lluvias a lo largo del año.
El césped que crece bajo estas condiciones, es muy vulnerable a los cambios bruscos de temperatura y a la radiación solar intensa, por lo cual, si decide sembrar una pradera de césped, ha de tener presente la climatología de su zona, si la región dispone de una reserva suficiente de agua durante la época de verano, y si las altas y bajas temperaturas suponen un gran contraste a lo largo del año.
En zonas áridas o frías, como en las calurosas y secas, debe escoger especies de alta resistencia como son Cynodon dactilon (Grama), de hojas pilosas en la cara inferior y tallos cubiertos por escamas, capaz de vivir sobre terrenos arenosos y pedregosos, o Panissetum clandestinum (Grama gruesa), de hoja ancha y fina al tacto, con color verde pálido, que sobrevive a climas secos y resiste temperaturas muy bajas, colonizando zonas sin cultivar a partir de estolones, y ofreciendo la ventaja añadida de que, tras varios meses sin agua, es capaz de regenerarse con la llegada de las lluvias.

Mejor Época para Sembrar

Teniendo en consideración que el clima es determinante para la vida y desarrollo de las plantas, en el caso concreto de la siembra de la pradera, el frío es el factor limitante en el invierno, al igual que la falta de agua en pleno verano.
La época idónea para preparar el terreno es a finales de invierno, y la más indicada para la siembra del césped a comienzos de primavera. De todos modos, no existe ningún problema si decide realizar esta operación en los meses sucesivos hasta la llegada del verano. Los únicos inconvenientes que pueden perjudicarle, son repentinas tormentas de granizo o períodos de fuerte calor, que dañarían la germinación de las semillas.
Cuando aparezca el calor intenso del estío, es preferible que todas las semillas hayan germinado y el césped adquirido ya una cierta altura. Si no tuviese más remedio que sembrar en esta época, es conveniente que espere al final del período estival, en el intérvalo de tiempo que resta hasta la llegada del invierno, siendo el último mes del verano la mejor opción.
En regiones de inviernos suaves, es preferible que retrase la siembra hasta finales de otoño, lo que posibilitará que al comienzo de la primavera la pradera esté ya totalmente cuajada.
Los daños que puede sufrir el césped de una pradera son varios. Aunque los más comunes vienen motivados por una incorrecta utilización, el derrame de productos químicos sobre la misma, detergentes, aceites, etc., la falta de cuidados o las malas condiciones del terreno.
Para corregir las denominadas “calvas”, podrá escoger entre dos sistemas. El primero sería la regeneración por semillas; esto es, sembrar de nuevo la zona dañada, con la posibilidad de emplear el césped de rápido crecimiento y de mayor resistencia. Para la obtención de un buen resultado, es imprescindible que retire la capa de tierra que ha quedado despoblada, sin escatimar a la hora de delimitar los bordes, replantando luego toda la zona que haya sufrido daño o que presente cualquier síntoma de debilidad. Empleando esta técnica, la pradera tarda un cierto tiempo en adquirir su aspecto original, si bien es cierto que, tras varias siegas, no se perciben apenas contrastes entre el césped antiguo y el nuevo. También tiene la posibilidad de realizar la sustitución de la parte dañada mediante “tepes de césped”, planchas de césped ya crecido y enraizado de gran resistencia, en cuyo caso la pradera volverá a ser de utilidad a los pocos días, aunque la silueta del parche pueda desentonar y llamar algo la atención.

Mantención del Cesped

La primera y principal es el riego, porque el césped es muy sensible a la sequía y el suelo de la pradera ha de mantenerse siempre húmedo, especialmente en verano.
Debido a las condiciones en que se desarrolla, el continuo crecimiento obliga, inevitablemente, a segar la pradera con frecuencia si quiere que ofrezca un aspecto saludable.
En invierno no tendrá que cortarla más que una vez cada dos o tres semanas, pero en pleno verano casi una tarea semanal, si no desea trabajar luego el doble. Tras la siega, quedan briznas de hierba esparcidas por toda la pradera y, para evitar que se dispersen, deberá recogerlas. Puede optar por hacerlo nada más acabar o esperar un día y, cuando estén secas (lo que facilita la identificación y recogida), retirarlas. Para mantener un aspecto uniforme e impedir, en la medida de lo posible, lo proliferación de malas hierbas, conviene arrancar cualquier planta ajena a la pradera, tan pronto como lo haya localizado.
No es recomendable el uso de herbicidas para eliminar las malas hierbas porque, aunque son selectivos, siempre existe un cierto peligro de intoxicación, sobre todo ante la proximidad de niños y animales domésticos. En la mayoría de los casos, es suficiente con abonar una vez al año en primavera aunque, en climas muy calurosos, puede necesitarlo una segunda vez en otoño, ya que se agota con mayor rapidez.

Abono del Césped

El abono suministrado en el momento de la siembra no dura siempre y, con el paso del tiempo, el césped lo consume, llegando a agotarlo, lo que puede acarrear serias consecuencias en la pradera si no se pone remedio.
En términos generales, es necesario que abone como mínimo una vez al año, siempre al final del invierno o principios de primavera, junto cuando las temperaturas comienzan a subir. Dependiendo de las condiciones de la zona, en climas muy cálidos, tendrá que abonar otra vez más al final del verano.
El modo de hacerlo es esparciendo mantillo, de forma homogénea por toda la superficie de la pradera, regando en abundancia a continuación. En lugares próximos a zonas rurales emplean estiércol aunque, en este caso, se encontrará con el inconveniente del desagradable olor que desprende. Tras la operación de abonado no debería utilizar la pradera durante al menos una semana, a lo largo de la cual el riego será diario. Conviene recordar que en praderas de uso eminentemente deportivo, es peligroso el empleo de abono de origen animal o vegetal, puesto que los deportistas a menudo sufren heridas por caídas y, el contacto de las mismas con este tipo de abono, puede provocar infecciones. Para evitar tal eventualidad, existen abonos de origen químico que suprimen este riesgo.

Corte

Dependiendo de la problemática que ofrezca la pradera; es decir, cómo sean los márgenes, la cantidad de recovecos que tenga y la extensión de la misma, puede emplear distintos métodos.

Es evidente que la forma más práctica y rápida de segar la pradera es mediante el empleo de una cortadora de césped, que es fácil de manejar y siempre mantiene a la misma altura toda la superficie cortada. No obstante, el inconveniente aparece cuando la pradera presenta elementos de decoración, árboles o paseos en su interior. Para estos casos, existen otros útiles sencillos de manejar, capaces de acceder a zonas difíciles, tales como las cizallas de césped y los corta bordes de hilo.

Las cizallas requieren mayor esfuerzo por parte del jardinero, pero favorecen un mejor acabado. En cuanto a los cortadores de hilo, resultan muy prácticos y están especialmente indicados para emplearlos en lugares de difícil acceso, aunque no es posible controlar totalmente la altura de corte.

Riego

Según la extensión de la pradera y clima de la zona, podrá decidir entre varios sistemas. El más económico y común es el riego con manguera, a la cual puede acoplar un aspersor de riego. Esta opción es elegida generalmente para praderas de pequeñas dimensiones, ya que realizarlo no supone una pérdida de tiempo excesiva.

 La situación se modifica cuando las dimensiones son mayores, porque la decisión de incorporar al jardín un circuito de riego subterráneo y automático llega, en muchos casos, a ser una necesidad. Evidentemente el precio es más elevado, ya que supone un levantamiento de parte de la pradera y la colocación estratégica de una serie de aspersores de riego, que sólo afloran a la superficie en el momento de regar. Las horas a las que debe regarse, no sólo por el considerable ahorro de agua, sino también por el mejor aprovechamiento que hace de ella la planta, son aquellas en las que el sol está más bajo, las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde, o incluso por la noche.

Pradera Encharcada

Si detecta encharcamiento en una zona concreta de la pradera, y no puede realizar canales de drenaje por la existencia de bordillos o jardineras para setos, no se preocupe porque, si la acumulación no es excesiva, dispone de una solución que le resolverá el problema.

Tendrá que esperar a que la pradera esté libre de cualquier exceso de agua, comprobando si existe depresión, y qué altura le falta para nivelarse con el resto del césped. Realice un corte en forma de cruz en la zona afectada sirviéndose de una pala, y levante a modo de solapa las cuatro porciones que se han formado, descubriendo el suelo. Extraiga la tierra con la pala, dejando un hueco de unos 25 cm de profundidad, y añada una capa de arena o fina grava en el fondo. A continuación ponga una pequeña cantidad de arcilla, cubriéndola seguidamente con compost. Comprobará que las tres capas habrán elevado la altura de la zona afectada, por encima del nivel que anteriormente tenía. Coloque de nuevo las porciones en su sitio y sujete los bordes con alambre, como si fueran grapas, apisonando la zona con rodillo y protegiéndola al menos durante un par de semanas.